ASCANIO CAVALLO

Lo que se ha estado viendo en las manifestaciones callejeras no es la oposición -entendida como Concertación-, sino un magma mucho más difuso, amplio e inquieto, y nadie debería extrañarse de que anden en él incluso gentes que votaron por Piñera.

Nadie puede negar que el gobierno de Sebastián Piñera es ingenioso para encontrar soluciones a problemas complejos. Este es, quizás, su mayor capital ejecutivo, y el propio Presidente lo desplegó con amplitud en su Mensaje del 21 de mayo, a pesar del ambiente de crispación que rodeó esos días. La propia actitud de la oposición confirma esa capacidad: cada iniciativa del Ejecutivo es observada con una mezcla de sorpresa y desconfianza, como si pusiera en juego algún intrincado mecanismo intelectual.

La Concertación inventó un concepto para describir su propia perplejidad, la llamada "letra chica", que se asocia bien con las engañifas de los contratos, pero que sobre todo le permite subrayar una y otra vez el origen y la filiación empresarial del Presidente y de gran parte de su gabinete. Como eslogan, es punzante y multisémico. Como proposición política, es pobre y reactiva: sitúa al bloque opositor en una curiosa posición imaginaria de subordinado, siempre a punto de ser abusado, siempre al borde del despido.

Esta es la flaqueza más grave de la Concertación: su escaso poder conceptual, que la tiene circunscrita a la función de hostigar los proyectos del gobierno, estrujarlos por la vía parlamentaria y, en el mejor de los casos, sacarles algo más de jugo. Caso modelo: la tramitación de la extensión del posnatal.

Los esfuerzos por escapar de esta trampa jugando hacia adelante tropiezan con la ansiedad de hacer frente al ingenio del gobierno. Caso reciente: Ricardo Lagos. Y tropiezan también con la falta de consenso para proponer soluciones alternativas a las que éste plantea. ¿Ejemplo? La "carretera pública" eléctrica.

Si hay algo nuevo en la política chilena de estos días, es que la Concertación, dentro de su orfandad, ha buscado una manera de respirar subiéndose al carro de los movimientos sociales. En general, lo ha hecho tarde y en el vagón de cola. Pero esto es suficiente para crearle problemas al gobierno, que es una de las funciones de toda oposición, aunque no siempre la más importante.

Si le resulta fácil, es porque, junto con su capacidad de ingenio, el gobierno tiene un grave déficit de diagnóstico. La evidencia sobre esto se ha acumulado. En un año de gestión hay más errores no forzados -Punta Arenas, Van Rysselberghe, Kodama, uso de gas lacrimógeno- que celadas tendidas por la oposición.

Durante 20 años, la derecha teorizó respecto de los peligros que correría en caso de llegar al gobierno. La mayoría de sus analistas coincidía en que la izquierda y la centroizquierda lanzarían en su contra a los sindicatos, los pobladores, los estudiantes, para generar un clima de ingobernabilidad. Imaginaban que se enfrentarían a una oposición orgánica, con escuadrones de agitadores y militantes en las calles.

Nada de eso ha ocurrido. Lo que ha pasado, en cambio, es que la propia configuración del gobierno de Piñera parece haber ofrecido la plataforma para aglutinar el descontento, no con este Poder Ejecutivo, sino con los poderosos, el modelo de mercado, el capitalismo e incluso la estrategia de desarrollo. Lo que se ha estado viendo en las manifestaciones callejeras no es la oposición  -entendida como  Concertación-, sino un magma mucho más difuso, amplio e inquieto, y nadie debería extrañarse de que anden en él incluso gentes que votaron por Piñera.

El gobierno erró el diagnóstico en todos sus errores puntuales. Pero su equivocación más gruesa tiene que ver con lo que proyecta hacia el conjunto de la sociedad, incluso más allá de su voluntad. Hoy por hoy, no habría empresario que apoyase la afirmación de que este es el gobierno de los empresarios. Por el contrario, algunos de ellos se sienten más maltratados ahora que con las administraciones anteriores.

Sin embargo, el grueso de la población sí identifica al gobierno con el empresariado, y proyecta sobre él los atributos negativos que envuelve esta calificación, y que son muy distintos en esta década de lo que eran en los 90. La consigna de la "letra chica" prende en esta hoguera como la leña seca.

Colocado ante un país que comenzó a valorar otras cosas después de reducir (no resolver) algunos de sus problemas más acuciantes -la extrema pobreza, la falta de viviendas, el desamparo en salud, el desempleo, el ingreso bajísimo-, el gobierno ha tardado tanto en ajustar su brújula, que todavía busca las explicaciones a sus vaivenes de popularidad en la publicidad ( "problemas de comunicación" ) o en los sucesos de la semana. ¿No es un poco ridículo que haya tanta gente de gobierno esperando la próxima encuesta para saber cómo está el ministro Laurence Golborne?

La oposición no tiene un mejor diagnóstico que el gobierno. De hecho, no tiene ni siquiera uno, sino muchos. Cuando comenzó a sufrir este problema, perdió el poder. Contrario sensu, se puede aventurar que el primero que consiga afinar el diagnóstico social será el que tenga la mejor opción para el 2014.