ASCANIO CAVALLO
En la tarde del jueves, un rumor inundó Santiago: el sacerdote Luis Eugenio Silva estaba internado en una clínica tras intentar suicidarse. Los rumores ya no son lo que antaño: ahora se esparcen como el fuego sobre la yesca a través de las redes digitales, un territorio donde parece que el que primero lo difunde tiene algún tipo de premio simbólico. Esa tarde ardieron las redes digitales. Hasta que, con rapidez inusual, un obispo auxiliar de Santiago, Cristián Contreras, se presentó a dar una conferencia de prensa, en la que confirmó el hecho.
Entonces los rumores ¿al final son la verdad? Mucha gente ha tenido experiencias que, como la del jueves, sugieren que sí, que cuando el río suena, es porque piedras lleva. Pero no es así. Cualquier profesional de la información sabe que un alto porcentaje de los rumores corresponde a malentendidos, distorsiones y mistificaciones. El sentido común no manda en materia informativa. O al menos no debería.
El rumor de lo sucedido al padre Silva se apoyaba en otro rumor: que estaría siendo investigado por acusaciones de abuso sexual. El Arzobispado aclaró que no ha recibido ninguna denuncia en su contra y no se conoce tampoco ninguna presentación ante la justicia. Y entonces, ¿quién lo está investigando? La prensa. Y esto no es rumor, sino un hecho cierto: dos canales de televisión han venido preparando sendos reportajes acerca de la vida sexual de más de una docena de sacerdotes, sobre la base de víctimas presuntas o confirmadas. No es una persecución. Tratándose de abusos, desde el punto de vista del periodismo profesional, es un deber.
Hoy es claro que Luis Eugenio Silva conoció de estas indagaciones y que ellas desataron la crisis emocional que lo condujo al acto más radical de todos. De modo inevitable, las opiniones se dividirán entre los que piensen que con el intento de suicidio se acusó a sí mismo y los que estimen que, al revés, produjo un gran grito de alerta sobre la ordalía que está viviendo la Iglesia chilena.
Desde el punto de vista del imaginario eclesial, Silva no es Karadima: no se apoyó en una red político-social, no se rodeó de jóvenes admiradores, no incidió en el nombramiento de obispos, no dio soporte a una para-iglesia como la parroquia El Bosque. Fiel a sí mismo, ha sido un intelectual aristocrático, un profesor exigente y uno de los sacerdotes más "políticos" de Chile, en el sentido de entender mejor que otros la operativa del poder. Pocos recuerdan que tuvo un papel semisecreto, pero crucial, en la crisis bélica de 1978, cuando el cardenal Silva Henríquez lo usó como un emisario de confianza con las iglesias fronterizas. No es difícil imaginar lo que pueda sentir con sólo verse arrastrado por el aluvión Karadima.
¿Lo está? Se necesita tiempo para desmentir o confirmar las sospechas. Pero sí lo está en una dimensión que no es personal, que no tiene nada que ver con su conducta. Tras el caso Karadima, la sociedad está tratando de saber cuánto y cómo puede confiar en la Iglesia. Los medios de comunicación son sólo una expresión de esa decisión.
Como en cualquier materia, algunos pueden extraviar esa búsqueda. Están en curso investigaciones sobre vínculos con mujeres, hijos no reconocidos, conductas homosexuales y otras relaciones, todas adultas. Esto es meterse en unas zonas privadas que corresponderían más a la Inquisición que a los laicos que no están obligados a cumplir esas normas especializadas. No hay en ellas delito social.
Y entonces, ¿por qué ocurre esto, por qué esta situación "kafkiana" como la llamó el obispo Contreras, donde cualquier denuncia tiene prestigio, credibilidad y efecto mucho antes de que pueda ser demostrada?
La primera explicación, la más cercana a la superficie, es el caso Karadima, que sacó a la luz un sistema de abusos montado sobre una red de poder, con sus propias normas, sus castigos y sus premios. El protagonismo del "circuito Karadima" dentro de la Iglesia chilena agudiza la virulencia de las acusaciones en este caso.
Una segunda línea se configura con la conducta corporativa de la Iglesia frente al mismo grupo. Muchas de sus autoridades han tratado de explicar que hicieron lo que estuvo en sus manos y/o que cometieron el error de demorarse un poco más de la cuenta, sin comprender que, desde la perspectiva de las víctimas, ambas actitudes envuelven alguna forma de encubrimiento. La tardanza de la Iglesia, y especialmente la de Santiago, en reaccionar no es ya un error, sino una fatalidad que pesará por algún tiempo.
Sólo agudizando su significado se puede entender que unas pocas semanas después de que la Conferencia Episcopal anunciara un nuevo protocolo para abordar estos casos -uno de cuyos puntos es justamente la reacción ante la sola presencia de rumores-, haya denunciantes que prefieran acudir a los medios de comunicación antes que a las instancias eclesiásticas.
¿Cómo puede entender un feligrés de a pie que el arzobispo de Santiago acepte que un sacerdote se niegue a dejar la parroquia que está impugnada y que, después de esa negativa, el mismo cura sea autorizado a seguir visitando a Karadima, a pesar de las tajantes condiciones dictadas por el Vaticano? No parecen estar los tiempos para que la caridad con los propios se anteponga a la comprensión de los otros, las víctimas.
En el trasfondo más profundo está la preocupación obsesiva que mostró la Iglesia por normar la vida privada de los chilenos en los últimos 10 años. Quienes quieren perseguir actos de sacerdotes que no son delitos -como las relaciones adultas- proceden, en cierto modo, con una lógica de ojo por ojo, de exigir pureza a quienes la han estado exigiendo con tanta severidad. Puede ser comprensible que, estando envueltas en las demandas de la rutina, las autoridades de la Iglesia, sus obispos, la Conferencia Episcopal, no hayan visto cómo se socavaba el suelo bajo sus pies cada vez que elevaban una voz admonitoria sobre una sociedad confusa, voluble y sedienta de comprensión. Pero lo menos que se puede decir de ello es que ha habido un agudo déficit de reflexión social.
En ese cuadro, el conmocionante caso del sacerdote Luis Eugenio Silva resuena como un nuevo llamado de atención. Para todos.
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