ASCANIO CAVALLO
La singularidad argentina ha encontrado un nuevo modo de expresarse, acaso más sorprendente que las anteriores: a seis meses de las elecciones presidenciales, aún no hay ningún candidato. Precandidatos, varios, quizás muchos, pero con una propensión al misterio y al cálculo que también los anula como tales.
El principal suspenso lo provee la Presidenta Cristina Fernández. Buenos Aires hierve de rumores acerca de si se presentará o no a la reelección, pero son mayoría los analistas que consideran impensable que la principal figura del kirchnerismo renuncie a pasar un nuevo quinquenio en la Casa Rosada. Ya no se trata sólo de ella, sino de los grupos de la izquierda dura que han ganado posiciones en el gobierno y que han producido la virtual implosión del peronismo. Así como asumió sobre la base del Partido Justicialista, el matrimonio Kirchner-Fernández parece haberlo terminado.
Significativamente, uno de esos grupos -uno de cuyos dirigentes es el hijo de la Presidenta- se denomina "La Cámpora", en homenaje a Héctor Cámpora, el hombre de paja que ganó la Presidencia para abrir paso al regreso de Juan Domingo Perón en 1973 y al que los Montoneros llamaban cariñosamente "El Tío". En "La Cámpora" predominan profesionales jóvenes, que no vivieron esa época. Los antiguos Montoneros son hoy como esos hippies canosos que recorren las carreteras en motos refaccionadas y no están con el kirchnerismo, sino con Fernando "Pino" Solanas, cineasta legendario de la izquierda revolucionaria, que fue elegido diputado en el 2009 con una votación sorprendente. La izquierda no se encuentra con la izquierda por razones de edad.
Las encuestas dicen que la única persona que podría ganar las elecciones en primera vuelta sería Cristina Fernández, si es que no tuviese uno o más contrincantes fuertes que forzaran el paso a una segunda vuelta. Esta posibilidad aportaría incertidumbre a lo que de momento parece una carrera corrida: un candidato alternativo en el ballotage podría convocar a las fuerzas de izquierda, centro y derecha que constituyen la dispersa oposición al oficialismo.
Las dificultades que plantea este panorama son una de las explicaciones para la falta de acuerdo en la oposición. La otra, la principal, es la nube de cálculos en que están envueltos sus dirigentes, que descienden desde la Presidencia hasta las gobernaciones provinciales, desde el poder nacional hasta el bravísimo poder regional derivado de la institucionalidad federal.
Una bala de plata la tendría Francisco de Narváez, que en el 2009 derrotó al mismísimo Néstor Kirchner en el bastión fuerte del kirchnerismo, la provincia de Buenos Aires (distinta de la ciudad), donde se concentra más del 35% del electorado. No sólo eso: también se concentran las decenas de "villas miseria" que configuran la principal base de apoyo del kirchnerismo y la cantera de sus fuerzas de masas.
Pero De Narváez nació en Colombia y por ello la Constitución le impide aspirar a la Presidencia.
En teoría, De Narváez podría traspasar su popularidad a otra persona y es probable que ese elegido fuese Mauricio Macri, el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Así habría ocurrido hace unos meses, cuando Macri era todavía el favorito de la derecha, los empresarios y la disciplina fiscal. Pero ahora Macri sufre el veto de los radicales, de la izquierda y del llamado "peronismo disidente", todos los cuales tienen precandidatos propios: Ricardo Alfonsín, Elisa Carrió, "Pino" Solanas, Hermes Binner, Margarita Stolbizer, Eduardo Duhalde. Una sopa de letras.
La política argentina no sigue ningún patrón, excepto en una cosa: la ineficacia de una oposición fraccionada. Mientras pasan las semanas rumbo a las elecciones, persisten los desacuerdos cruzados y a veces hasta parecen aumentar. El gobierno sigue su marcha, pero el grado de envilecimiento de la política que se ha producido desde el 2001 no hace más que crecer. El oficialismo depende hoy más que antes de los piqueteros y de las barras bravas, y los agitadores compran las movilizaciones a precios más caros.
En verdad, Argentina sufre un déficit de liderazgo desde hace más de 15 años. Casi todo lo que ha ocurrido después de la primera elección de Carlos Saúl Menem (no de la segunda, que ya fue un desastre) se ha debido al clientelismo practicado desde el gobierno. El kirchnerismo se levantó desde el 22% original hasta lo que es hoy gracias al control del aparato estatal y ha construido su proyecto con un poco de audacia y mucho de improvisación.
La situación actual favorece una prolongación de ese proceso, aunque sólo de una manera aparente. Sin la Presidenta Cristina Fernández, el kirchnerismo podría convertirse en humo. Pero si repostula y prosigue en el poder, es posible que no haga más que retardar el fin del ciclo que ella y su difunto marido han representado en la política argentina (como, bajo condiciones muy diferentes, lo fue también Michelle Bachelet en Chile).
Un nuevo gobierno de Fernández representaría una apuesta por la continuidad. La pregunta es si la sociedad argentina, que huyó del abismo con Néstor Kirchner pero que no ha logrado salir de la inseguridad, la pobreza, la inflación y el delito, prefiere simplemente el diablo conocido que al inmenso experimento que sería necesario para cambiar el curso de las cosas.
Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados