ASCANIO CAVALLO

Por si la derrota de 2010 y la parálisis del año no fuesen suficientes, la Concertación afronta también una crisis de convivencia. El senador y presidente del PRSD, José Antonio Gómez, la llamó "problema de relaciones políticas", pero hay buenas razones para pensar que ha ido derivando a un problema de relaciones personales. O por lo menos de "amistad cívica".

El último jalón es el remoto municipio de Carahue, donde la muerte del alcalde UDI suscitó la confrontación entre un concejal democratacristiano con uno radical, y este último ganó el gallito mediante un acuerdo de ocasión con concejales de derecha. Como en una comedia de Berlanga, esa avivada le ha permitido al PRSD tener un alcalde más, con miras al cupo de diputado, donde esta vez el amenazado sería un parlamentario del PPD.

Enojados por el silencio de Gómez ante la indisciplina ("la deslealtad") de su concejal, los presidentes del PDC, el PS y el PPD le pidieron explicaciones y una declaración explícita de condena a lo ocurrido en Carahue. Gómez se negó con argumentos que algunos dirigentes de esos partidos califican como "escolares", centrados en la afirmación de que la directiva nacional de su partido no tiene derecho a intervenir en una decisión local. Hay un ineludible contraste entre esto y el disciplinado (aunque impopular) sabotaje de la Concertación al arreglo de una concejala del PPD que le traspasaría la voluminosa comuna de La Florida a un concejal de la UDI... luego de la renuncia de un alcalde socialista. En este último caso, la Concertación reclama contra la violación de la voluntad popular. ¿Y en Carahue? No, allí la pelea es entre dos partidos aliados que se disputan el triunfo en un tipo similar de violación.

Los incidentes municipales, así como las artificiosas sustituciones en el Parlamento, pueden estar mostrando los límites de una política bipolar en una sociedad multipolar, pero ese efecto siempre será más duro en la oposición que en el gobierno. El caso de la intendenta de la VIII Región, Jacqueline van Rysselberghe, es también una expresión de que incluso el gobierno tiene hoy fronteras más estrechas.   

Por encima de la contradicción de Carahue, los radicales alegan que en otro lugar remoto, Huara, una concejala DC no votó por un radical y "lo obligó" a entenderse con la derecha para obtener la alcaldía (¡y lo logró!). Pero Gómez ha deslizado que el incidente de Carahue no tiene que ver con Huara, sino con la discusión del proyecto de reforma educacional presentado en el Congreso por el ministro Joaquín Lavín. Y aquí las pellejerías de Carahue, Huara o La Florida quedan atrás, para pasar a una escala mayor.

En ese caso, la DC, y luego el PS y el PPD, negociaron modificaciones al proyecto de Lavín hasta terminar aprobándolo. El PRSD, propiciando una discusión más larga sobre la educación pública, se marginó y lanzó duras acusaciones contra sus socios. El debate se trasladó a un enfrentamiento personal entre Gómez y el presidente del PDC, el senador Ignacio Walker, que se extendió a otros líderes democratacristianos cuando el jefe radical planteó la "ampliación" de la Concertación y, todavía con una escala más larga, una revisión global del papel de la oposición frente al gobierno de Piñera.

Parece un sarcasmo que el PRSD se convierta en el principal problema de la DC, 20 años después de que (con Enrique Silva Cimma) fuese la pieza maestra en el ascenso al poder de Patricio Aylwin. En el 2009, Gómez decidió desafiar la candidatura presidencial de Eduardo Frei, que la Concertación sabía frágil y pretendía unitaria, y obtuvo un resultado amenazante.

El cabreo del entonces presidente del PS, Camilo Escalona, con la actuación de Gómez en esas primarias ya forma parte del repertorio de los motivos de la derrota, porque proporcionó la prueba de que se esperaba de Gómez un simulacro, sin considerar que él pensaba en horizontes mayores. Y aunque nadie discute la lealtad posterior de Gómez, la DC ha mantenido una gota de sangre en el ojo: el líder sin contrapeso del PRSD mostró en ese momento sus verdaderas ambiciones. Es un dato curioso que ellas eran bien conocidas, a lo menos un año antes, por... los senadores de la Alianza.

La desconfianza en las motivaciones, ¿no degenera casi siempre en algún grado de enemistad? Gómez podría replicar que sus diferencias con otros dirigentes de la Concertación son sólo parciales, pues tanto en el PDC como el PPD y, en menor medida, el PS, atraviesan por serias tensiones internas (Walker versus Orrego en la DC, Tohá versus Girardi en el PPD, Andrade versus los que emigraron en el PS). Pero también es un hecho de que de los cuatro partidos del conglomerado, el PRSD es el único que no cambió de cabeza después de la derrota.

Los dirigentes del PPD y del PS piensan que Gómez no hace más que seguir el patrón ya antiguo de los radicales: desafiar, amenazar, quejarse y luego llegar a acuerdo con alguna ganancia. La visión general de la DC concuerda con esto, pero cree que la acumulación de incidentes guiados por este modelo está minando las bases de las relaciones internas en la Concertación. Carahue no sería dramático como caso en sí mismo ("y en el fondo de mi memoria / llueve la lluvia de Carahue", escribió Neruda), sino como síntoma de una enfermedad política. Y hay, en los tres partidos, dirigentes que creen que el PRSD está exagerando su labilidad -muchos acuerdos con la derecha, muchas propuestas hacia la izquierda-, hasta el grado de que sería posible "hacer la pérdida".

Pero esa sola idea confirma, paradójicamente, el principal punto de Gómez: que la oposición no puede seguir como está. ¿O puede? R