RAFAEL LUÍS GUMUCIO RIVAS
La monarquía presidencial chilena se caracteriza por el juego del todo o nada: es tal el poder que ha concentrado el Ejecutivo que siempre, los partidos que lo acompañan logran, aproximadamente, más del 60% del apoyo en las encuestas de opinión, y los opositores quedan reducen a menos del 30%.
El sistema binominal garantiza que los segundos equiparen en sillones parlamentarios a los primeros, por consiguiente, no hay mayor drama. En la época republicana, (1925-1973), los candidatos presidenciales surgían desde el Senado y la carrera política era regidor, diputado o senador; normalmente, el padre conscripto de Santiago era el presidente de la república - así ocurrió con Ibáñez del Campo, Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva -.
En la actualidad, el cargo de senador no sirve para un carajo y este cuerpo colegiado es una inutilidad donde, ni siquiera, se sirve el rico té, ni se escuchan piezas oratorias, como otrora.
En el prosaico Chile actual los candidatos presidenciales surgen en los ministerios; a diferencia de la monarquía absoluta, el rey no designa a su sucesor. En el caso de Sebastián Piñera competir a una princesa y cuatro príncipes para ocupar el sillón a partir de 2014; en el fondo de su alma narcisista no soporta, por ahora, a ningún aspirante; si estuviera obligado a optar por uno de cinco presidenciables, su corazón se inclinaría por su incondicional Rodrigo Hinzpeter, pues tiene serias dificultades para en tenderse con Joaquín Lavín, Andrés Allamand, Evelyn Matthei y Lorence Golborne.
Cada uno de los aspirantes al trono trata de desarrollar las cualidades que le sean más agradables a una supuesta opinión pública - en Chile se llama opinión pública: ciudadanía, electores, personas, gente..., aquellos que son elegidos aleatoriamente, por las empresas encuestadoras
Hinzpeter quiere igualar al famoso comisario Fouche, del imperio napoleónico; Golborne, quiere ser una Bachelet, pero con pantalones; Allamand, después de tantos "viajes por el desierto" pretende depurar nuestro ministerio de Defensa; Matthei, de la pasionaria de la derecha, quiere convertirse en una verdadera protectora de los trabajadores - alo mejor, se lo pasa todo este período tomando café con Arturo Martínez, de la CUT- y Joaquín Lavín es cosa aparte: es el Zalig chileno, aquel personaje de W Allen, que poseía miles de personalidades distintas, amoldándose siempre al individuo de turno - los mal pensados lo acusan de estar dejándose un jopo, similar al de Ignacio Walker.
Como la Concertación está completamente - y sólo le resta encomendarse a la virgen Bachelet o, surja un líder capaz de reencantar a la ciudadanía - estos cinco aspirantes tienen todo el escenario a su disposición para demostrarnos sus capacidades revisteriles y ofrecer a los atontados electores palos y bizcochuelos, anteojos, chanchitos lechones, pre y post natales de un año de duración, tratamientos gratuitos en clínica Las Condes a cuanto pobrete se le ocurra enfermarse, casas de chocolate, como en los cuentos de niños, para los muchos damnificados que restan, escuelas y universidades al estilo de Oxford para los deprivados culturales, y otras tantas lindezas.
Como la plata llama a la plata, el poder llama el poder, razón por la cual la derecha que tenía cero candidatos, a comienzos de la transición a la democracia, ahora cuenta cinco o seis; a la Concertación, que le sobraban los candidatos, hoy ha tenido que quitarle la naftalina a los ternos de Ricardo Lagos Escobar, o repetir la historia de la reina Michelle Bachelet.
Si la historia fuera la fotografía de un eterno presente, la derecha podría esta feliz, sin embargo, la evolución histórica diabólica y siempre en movimiento: hay que ser muy tarado para pretender detener la rueda de la historia; el futuro es completamente impredecible: si supiéramos el día y forma en que hemos de morir, nuestro actual sería radicalmente distinto.
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