Arturo Alejandro Muñoz

HE PERDIDO A un magnífico amigo, y la democracia verdadera se ha quedado con un importante puesto de avanzada vacío en Coltauco. A su vez, el Partido Socialista de esa comuna rural llora amargamente el inesperado desaparecimiento del mejor de sus hombres.

Justo al finalizar el 2007, a pocas horas del momento de los abrazos y parabienes por el nuevo año, falleció Hernán Camilla Moscoso. Murió en su campesina casa de Rinconada de Idahue. Un paro cardíaco lo encaminó a mejor vida. “Nací socialista y moriré socialista”, me había dicho años atrás en una de las tantas reuniones que sostuvimos durante una campaña parlamentaria en la que yo –pido excusas por ello- todavía mantenía un ápice de esperanzas por la labor de la Concertación.

En aquella época me desempeñaba profesionalmente como asistente social, encargado del departamento de organizaciones comunitarias de la Municipalidad de Coltauco. Hernán Camilla era a la sazón el presidente de la junta de vecinos de su sector, lo que nos permitió aunar esfuerzos para sacar adelante varios proyectos de mejoramiento urbano y rural, muchos de los cuales nacieron de la inagotable capacidad de ese magnífico hombre. Tiempo después, cambié de trabajo y abandoné el municipio coltauquino, pero con Hernán continuamos cultivando nuestra amistad compartiendo análisis, críticas, sueños y proyectos.

En Coltauco hay pocos socialistas de buen temple, honestos, asertivos, coherentes informados y racionales. Camilla era uno de ellos, y quizá el mejor. Pese a su acendrada lealtad a la tienda que fue siempre su cobijo político, no tuvo enemigos ni críticos negativos. Era respetado por todos los colores del arcoiris partidista, desde Andrés Chadwick a Juan Pablo Letelier. Este último, hoy senador, acostumbraba a consultarlo a la hora de tomar decisiones que dijesen relación con Coltauco y, muy especialmente, con el vasto sector de Idahue.

Ni hablar de los alcaldes…ellos ‘necesitaban’ saber que Hernán Camilla estaba de acuerdo con un determinado proyecto para Rinconada de Idahue, pues no sólo conocía al dedillo las necesidades de su sector sino, además, era el mejor de los ‘lobbistas’ en las oficinas burocráticas rancagüinas. Siempre estaba al tanto de las últimas modificaciones de tal o cual ley, de tal o cual reglamento del MOP, del SERVIU, de ESSEL, del FOSIS, de la CGE o de la Intendencia. Sabía cómo apurar el papeleo y cuál era la piedra que molestaba el zapato de una autoridad o de un parlamentario.

Honesto a concho, nació pobre y murió pobre. Pero me refiero a una pobreza digna donde a los suyos nunca les faltó pan, techo, abrigo y educación. Al visitar su casa empinada en los cerros idahuinos, se comprobaba que Hernán era agricultor, maderero, artesano y ganadero. Siempre lo vi trabajando, siempre ocupado y nunca ocioso, no obstante lograba darse tiempo para participar en su partido político y jamás restarse en una campaña electoral, fuese esta edilicia, parlamentaria o presidencial.

¿Cuántas veces le propusieron ser candidato a concejal? ¿Cuántas? Las mismas que se negó a aceptar la nominación. Cuando se le inquiría el por qué de su negativa, gustaba contar ese trocito de la Historia de México –el de la revolución de 1913- que señalaba cómo Emiliano Zapata declinó el ofrecimiento hecho por Pancho Villa horas después de haber ingresado ambos triunfantes a la capital del país azteca comandando las huestes y ejércitos revolucionarios. Villa le mostró a Zapata el sillón presidencial, invitándole a sentarse en él y asumir la conducción del país.

- Gracias mi general Villa, pero fíjese que mejor que no –contestó Emiliano Zapata.

- ¿Por qué no, mi general Zapata? –preguntó Villa.

- Porque el que se siente en este sillón, se sienta bueno y se levanta malo.

Hombre de campo, de apariencia ruda y voz ronca, Hernán Camilla era poseedor de una calidez humana y una conciencia social difícil de hallar en otras personas. Sus esfuerzos y capacidades siempre las dirigió hacia la satisfacción de las necesidades de sus vecinos. Es así que, entre otros múltiples trabajos que realizó en beneficio de todos, el canal de regadío que alimenta campos, huertos y arboledas de Rinconada de Idahue lleva su nombre, según acordaron los habitantes del lugar y las autoridades hace ya bastante tiempo. Es el Canal Camilla. Por algo será. Y se trata sólo de un ejemplo, dentro de muchos otros que podríamos mencionar para graficar adecuadamente el tesón y solidaridad de ese insigne coltauquino.

Ya no lo volveremos a ver en plena Fiesta de la Vendimia, zaranda en mano, ‘fabricando’ chicha para los turistas, ni privilegiando a su comuna con las artesanías que mostraba junto a su esposa en las ferias culturales de Rancagua. Tampoco, nunca más, podremos recurrir a su opinión –sabia por experticia y noble por antonomasia- cuando algún asunto de interés general comience a torcerse en los escritorios y oficinas de autoridades poco duchas en tales materias.

En la política comunal él trazó un ínclito camino a punta de esfuerzo, honestidad y sapiencia…esa sapiencia que sólo poseen quienes han transitado la vida con paso propio, sin pedirle nada a nadie ni esperando una retribución y, en cambio, ofreciéndolo todo solidariamente porque así fueron formados en el carrusel del trabajo.

Hasta pronto, querido amigo. Volveremos a encontrarnos algún día en aquel lugar donde las almas lavan sus heridas y disfrutan de un escenario pacífico. Mientras tanto, los que aún permanecemos en este valle de lágrimas, recogeremos tu posta para ganarla en tu honor.