POR EL SICILIANO

La historia se ha escrito tal como presagiábamos. Estoy escribiendo esta nota desde la más absoluta clandestinidad. De hecho, me encuentro en el departamento que ocupara hasta hace algunos días Iturriaga Neumman.

Debí salir de Rancagua. La mano de la justicia nos alcanza. La última reunión que sostuvimos con la cofradía de “Los Vagos de la Plaza” sirvió para reflexionar sobre la “traición de Toleranzia”.

“Es igual que en los partidos, te utilizan y luego te cagan”, decía el Hernández, tal vez acostumbrado a pasar por esas situaciones en la D.C.

El Kastro se lamentaba. “Y pensar que con el weón hacíamos tallarinadas, prietas, y teníamos listo el jabalí”. Liberona estaba sorprendido. “Me esperaba esto del guatón Sozo, de Charlitos, hasta de Juan Puñez, pero de Toleranzia, ni cagando”.

El silencio era sepulcral. La sala de baño de casa de putas donde estábamos encerrados, en reunión, no era el mejor habitáculo para discutir el problema. Todo se inició cuando Toleranzia, nuestro líder, nuestro amo y señor, nuestro Hitler anticorrupción, fue citado a tribunales. Todo porque el “Honorable” Valenzuela le presentó una querella.

Tras salir del juzgado, Toleranzia sonreía. Se fue a su casa tranquilo. Por la tarde le vimos comprando en Falabella, en Ripley, en cuanta casa comercial y gastando plata en efectivo a destajo.

Al ser encarado por El Siciliano y la patota de Los Vagos, dijo muy care raja “y qué. Si todos los weones se han vendido al sistema, cuál es el problema?. Yo los entregué a ustedes con nombres y apellidos, y negocié con enemigo y me pagaron con unos billetitos de la CONAF. Además, me dijeron que esto era usual en política, eso de cagarse a los amigos. Entonces, cuál es el problema?”

No le quisimos sacar la chucha por dignidad. Por último, porque el weón estuvo en la lucha contra la dictadura.

EL ARRANQUE DE POROTOS

Esto significó nuestra inmediata exclusión de La Plaza. El francés del “negocio” se puso maricón y puso un letrero en las sillas donde acostumbrábamos a tomar café: “No se admiten Vagos”.

El paco de la Intendencia anda agujeando si aparecemos por ese lugar. Después de salir disfrazados de maracas, desde la casa de puta, nos dispersamos. Lo último que supe de Hernández era que se había lanzado a la canal de relave en el sector de la Dintrans. En sus manos tenía el notebook que le había regalado El Teniente en la última negociación de los contratistas. Sus últimas palabras fueron “Toleranzia y la conch…glup, glup, glup”.

De Kastro, supe que tomó el Bus de Lobitos, ese que va pal sur, y se encerró en Colonia Dignidad. Tal vez ahora entiendo por qué siempre quiso tener un jardín infantil.

Liberona se fondeó con su mamá. Nadie sabe de él. En la Riquelme ni siquiera lo han visto. Dicen que huyó al extranjero.

Charlitos, por su parte, organizó una fiesta popular, e invitó a la Cubanacan, Tommy Rey y la Sonora Palacios, para bailar y cantar al son de “el venao, el venao…”

Juan Puñez, resucitado, se asomaba al balcón de la Intendencia y exclamaba “siempre dije que era el mejor y me lo cagué igual a este weón con la justicia”.

Todo se acabó. Ya no queda nada. Hemos vuelto a nuestra propia naturaleza humana. Y todo, porque un weón se vendió y nos traicionó. Se dice que existen videos de nuestras reuniones en casa de Toleranzia, y que el weón le entregó al fiscal en formato DVD. Es increíble. Y más encima, se reía y nos decía “pero no se preocupen cabros, si ustedes pasan unos días en la cana y saldrán luego. Total el Lete conoce a varios gendarmes porque se hizo amigo de ellos. Y si tienen problemas con los cumas y flaites, hablamos con Pablito Pallamar, él también tiene varios de los mismos en el partido”.

Y yo estoy sentado en esta pieza que ocupara el Iturriaga Neumman. Un departamento en Viña. Una foto de Pinochet, de Corbalán, y otra “Del Pirrín” adornan el living. Encima de la mesa una edición especial de El Cachapoal cuyo titular dice “Mi general Iturriaga es perseguido por los comunistas del gobierno”, firmado el artículo por el Teniente de Ejército David Pepe Arce.

Con todo este ambiente y en medio de las confabulaciones no me queda más que decir adiós a mis amigos. Les dejo todo, mi seudónimo, mi pañoleta de los 80, mi perro y la silla de la Plaza.

Fin de la historia, adiós a Los Vagos, por una vil traición.

NOTA:

Cualquier similitud con la realidad es tan solo eso y además, producto de la fantasía de un cuarteto de Vagos que jamás le ha trabajado un día a nadie, pero con las manos y la conciencia limpias.